¿Honestidad o Sincericidio?

 Hace unos meses que me encuentro sin trabajo, y confieso que empiezo a sentir la inquietud que solo conoce quien, tras años de experiencia, enfrenta las incertidumbres del mercado laboral. He recibido mensajes, realizado entrevistas, incluso avanzando hasta las últimas fases de selección en algunas empresas. Sin embargo, los desenlaces han sido desalentadores: un silencio que frustra o una indefinición que retrasa el futuro. Y en este contexto, la edad también se vuelve un factor que pesa. Cuando sales de un proyecto y no hay oportunidades inmediatas que se ajusten a tu perfil, la duda se instala: ¿cuánto tiempo puede durar esta espera?


En una de esas vueltas del destino, una empresa con la que trabajé anteriormente me contactó para una posición. Lo primero que pensé fue si sería conveniente regresar a un lugar del que, aunque me fui en buenos términos, ya había cerrado capítulo. Sin embargo, al tratarse de otro departamento y habiendo dejado puertas abiertas, decidí explorar la oportunidad.

 

La entrevista inició de manera prometedora, con un intercambio que fluía con naturalidad. Sin embargo, a medida que comenzaron a hablar sobre la empresa, su filosofía y su enfoque organizativo, una serie de recuerdos afloraron inesperadamente. Reviví mentalmente los desafíos que enfrenté en mi etapa anterior allí: jornadas interminables, un salario limitado que debía distribuir con cuidado para sostener a mi familia, y noches dedicadas a trabajos adicionales para equilibrar mi economía. También recordé cómo, a pesar de que mi esfuerzo y compromiso siempre fueron reconocidos, las circunstancias nunca permitieron traducir ese reconocimiento en una mejora tangible de mi situación. Aquella sensación de esfuerzo desbordado sin un respaldo proporcional se hizo presente nuevamente.

 

Esa sensación de "no quiero volver a pasar por esto" se hizo predominante. Aunque deseaba creer que esta oportunidad representaba un nuevo comienzo y que las circunstancias serían diferentes, en el fondo sabía que no estaba siendo completamente honesta conmigo misma. La entrevista, que inició con expectativas positivas, terminó desmoronándose: mi transparencia, lejos de respaldarme, pareció jugar en mi contra. Me encontré incapaz de articular con claridad mi experiencia o de comunicar de manera efectiva mi trayectoria profesional.

 

Al colgar, lo comprendí: había sido la peor entrevista de mi vida. Sin embargo, a pesar de saber que esa no es la forma ideal de afrontar este tipo de situaciones, una parte de mí reconoció que había actuado en coherencia con lo que sentía. Hay momentos en los que el instinto nos enfrenta a lo que no queremos revivir, incluso si hacerlo implica asumir un costo elevado.

Esta experiencia me llevó a reflexionar sobre el peso de las decisiones pasadas, el significado de las lecciones aprendidas en nuestra trayectoria laboral y la búsqueda constante de equilibrio entre lo que necesitamos y lo que realmente deseamos. No es sencillo transitar esa delgada línea, pero ser honesto con uno mismo también requiere coraje.

Quizá la moraleja sea que, aunque la incertidumbre acompañe el camino, hay aprendizajes que nos invitan a honrar nuestra historia. Porque el trabajo no es solo un medio de subsistencia: es también un espacio donde debemos reconocernos, valorarnos y exigir el lugar que merecemos.


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