Sin sugestión, mejor digestión

 Ayer empecé la dieta.

Tenía cita con la nutricionista. Me pesó, me miró fijamente y, aunque su boca no dijo nada, su mente gritaba: "No te queda nada, amiga...". Con una sonrisa de medio lado, me entregó un plan de comidas y, ceceando, añadió:

— ¡Noz vemoz en un mez!

Sonreí. ¿Por cortesía o porque me hizo gracia el ceceo? La verdad es que un poco de ambas.

"El karma", pensé. Y me fui a casa ya más ligera, porque sólo pensar en hacer dieta y llevarla escrita en el bolso ya adelgaza, ¿verdad?

Pasé por el súper y, armada con mi nueva lista de compras, me abastecí de todo lo necesario. Al llegar a casa, limpié la nevera como si fuera influencer y me puse a hacer batch cooking —sí, eso que está tan de moda y que no es otra cosa que preparar comida para unos días. Así evitas abrir la nevera cada dos minutos y caer en la tentación de traicionar la lista que ya cuelga en el tablón de las "cosas importantes".

La comida quedó lista y para unos días, la cocina, impecable. No hay fisuras en el plan: o te la comes o te la comes, porque 'vas a pasar más hambre que el perro de un ciego'.

Justo cuando terminé, llega la familia, recién salida del gimnasio y con más hambre que una jauría de lobos.

— Mamá, ¿qué hay de cena? —pregunta Inés, con ojos suplicantes.

— ¿Qué os apetece? —respondo yo, iniciando el diálogo de cada noche.

— ¿Y tú qué vas a comer? —continúa.

— Yo empiezo la dieta hoy, no contéis conmigo. ¿Qué quieres cenar? —insistí, con voz de víctima.

— Lo mismo que tú, ya me va bien comer sano y bajar un poco de peso —respondió Inés, con la misma convicción que un condenado antes de su ejecución.

De repente, se oyen voces desde el fondo del pasillo:

— ¡Yo también me apunto a la dieta!.

Si os digo que se miraron todos con la tristeza de quien va camino al cadalso, conscientes de que su destino es inevitable, no exagero. Sus ojos, llenos de hambre y resignación, delataban esa mezcla de miedo y agotamiento que acompaña al condenado. No os estoy mintiendo.

Mi dieta no es ni Keto, ni detox, ni hipocalórica, ni por puntos, ni proteica. No, amigos. Es dieta mediterránea, lo de siempre. Ni más ni menos que lo que comen en esta casa.

— Yo tengo crema de calabacín (sin patata) y salmón al papillot —digo con orgullo culinario—. La crema lleva zanahoria, puerro, apio, cebolla y ajito, pero sin patatas. ¡Ah! Y con agua en lugar de caldo. De sabor está buenísima, no vais a notar la diferencia.

— Yo no quiero salmón, prefiero merluza —replicó la niña, como si estuviéramos en un restaurante gourmet.

— Venga, pues merluza.

Ponemos la mesa, nos disponemos a cenar, y el primer comentario no se hace esperar:

— Lo que me apetecería ahora comerme unos macarrones o una hamburguesa… Esto es muy triste.

Y de fondo:

— Dile a la perra que no le voy a dar ni una miga. Estamos pasando suficiente hambre como para desperdiciar un solo bocado.

— ¿Qué dice tu dieta del desayuno? —me interrogan—. Porque yo ya estoy soñando con él.

¡Vamos a ver, gente!. Esta cena la hago "fuera de la dieta" muchas noches. Es saludable, te sacia, pero sin que te vayas a la cama inflado como un globo. No es la comida, es la palabra DIETA y la sugestión que te entra en cuanto la oyes.

Esta mañana, mi hija se ha comido un plato de espaguetis boloñesa y, mientras lo devoraba, me ha dicho que ha pasado una mañana de "angustiosa ansiedad". Por si os lo preguntáis, había desayunado: zumo, uvas y galletas. ¡Pobre criatura!.

Y esto es culpa ni más ni menos que de la sugestión: ese fenómeno maravilloso en el que el cerebro dice: "No sé qué está pasando, pero me lo voy a inventar igual". Es como si tu mente fuera un mago de tres al cuarto que, en lugar de sacar un conejo del sombrero, te saca una historia que ni tú te crees, pero ahí está, bien convincente.

Todos hemos sido víctimas de la sugestión alguna vez. Te dicen que te ves un poco pálido, y ¡boom! En minutos te empieza a subir la fiebre, tu piel se pone como un yogur natural, y Google ya te ha diagnosticado 47 enfermedades raras. 

¡Y no olvidemos el clásico! Alguien menciona que "le pica la cabeza" y, en menos de cinco minutos, todos estamos rascándonos como si un ejército de piojos ninja nos hubiera invadido.

¿Te está picando ya?.

Pero continuamos...

Para mañana por la noche: menestra y pollo al horno. Sí, de dieta, porque yo estoy motivada, pero a ellos les dije:

— Esta noche cenaréis menestra con sus verduritas, taquitos de jamón y un poquito de pollo al horno.

Obvié que no lleva caldo, ni harina, y que el pollo está hecho en su propio jugo, con ajo y manzana y esa salsa que se ve es que la he triturado.

¡Pero, oye, no se nota!

— Sí, mamá, estar a dieta no es vida. Te pones hasta malo. Haces bien en no hacer dieta y comer sano, ¡ya verás cómo adelgazas!

Y ahí siguen, felices y ágiles, como gacelas llenas de vitalidad. Pero esta noche, sin saberlo, me acompañan en la dieta.

A veces, no hace falta llamar a las cosas por su nombre. Basta con dar un pequeño rodeo y engañar a la mente para que no salten las alarmas de la sugestión.

Sin sugestión, mejor digestión.

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