El cielo, tendrá que esperar.



Hola, me llamo Lola y soy "Telebasuriófila".

Sí, lo admito. Enciendo la televisión desde el botón de Netflix, intentando mantenerme pura, lejos de cualquier programa de enganche fácil. Pero si me equivoco y aparece Telecinco, quedo atrapada irremediablemente, como si una secta me encontrara en medio del bosque después de tres días perdida y, de la mano, me llevara hacia una sopa caliente.

Me pregunto a menudo por qué me atraen tanto las pantallas, cuando vengo de una generación que sabía lo que era vivir sin ellas. Pero lo cierto es que tienen un poder hipnótico sobre mí, contradiciendo mi esencia de "pisciana de manual", esa que no puede mantener la atención en una conversación a menos que me hables con frases cortas y buena entonación.

Ahora, no me malinterpretes: no veo la televisión para desconectar con la vida de los demás y dejarme idiotizar. Yo la veo con sentido crítico. Me gusta analizar los comportamientos humanos, observar cómo interactúan, cómo se expresan. Me fascina descifrar su lenguaje corporal y evaluar sus narrativas (sí, cómo desarrollan sus historias).

Me divierte detectar sesgos. Esos mensajes subliminales o intencionales que se escapan cuando hablan. Y claro, me resulta apasionante ver cómo distorsionan la realidad según la percepción que cada uno tiene de las cosas. Cuestiono las motivaciones detrás de cada gesto, palabra y mirada. Y como filóloga, me quedo embobada con su uso del lenguaje: impactante, manipulador, y a veces, tan torpe que hasta da risa.

Pero después de todo ese análisis profundo, cuando llega la noche, necesito un respiro. Un rato de lectura, un podcast, una serie tonta… algo que me devuelva la paz mental y me permita conciliar el sueño.

Y aquí estamos. En mi próximo post hablaré sobre los comportamientos humanos que he observado estos últimos días en televisión. Sí, en televisión. Porque la lumbalgia me dejó atrapada en el sofá, y Netflix no aguantó el maratón. Busqué otras opciones, y lo admito, la cagué.

Así que aquí estoy, atrapada, justificando con nobles intenciones lo que en realidad no tiene perdón

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